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10 de enero de 2010

Mmmhhhh...

OCURRE QUE LA REALIDAD es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame soñar", se debería decir: "déjame mirar".

Juega uno a vivir.
Jorge Luis Borges

4 de enero de 2010

Cuando las palabras seducen

Las palabras, según Alex Grijelmo, “no sólo significan: también evocan”. Esta capacidad, afirma, tiene su origen en la historia que ellas van acumulando a través de su uso en el tiempo.
Con el lenguaje damos testimonios o revelamos cosas a los demás; sin embargo, no es casual que para hacerlo elijamos tales o cuales palabras, pues muchas veces ellas cumplen una función implícita: la de juzgar los hechos que estamos comunicando.
Alguien que quisiera descalificar al compañero de trabajo que le disputa un ascenso, sabiendo de las fuertes convicciones profesionales de su contrincante, lo podría definir como un empleado tenaz, pero también podría decir de él que es un empleado muy testarudo. La diferencia es notable.
Si hay palabras que juzgan, también existen otras con las que expresamos poder o sometimiento. Por ejemplo, acudimos al banco a pedir un crédito y la institución financiera analizará si nos lo concede. No obstante que, en esencia, dicho crédito vamos a comprarlo y ellos a vendérnoslo, al nosotros pedir y ellos al conceder, de antemano nos pone en una situación de subordinación, de tal manera que os veremos obligados a dar explicaciones de nuestro pasado, de nuestras relaciones personales, de nuestros ingresos, de nuestro trabajo o de cualquier otro misterio de nuestra vida que aquellos quieran develar.
Cuando las palabras seducen. Más allá de la pobreza o riqueza de su lenguaje, quien lo emplea tiene la posibilidad no sólo de convencer sino de seducir a quien lo oye. Es decir, las palabras también pueden ser utilizadas como instrumento para manipular a los demás.
Al respecto Grijelmo señala: «El lenguaje, pues, tiene efectos en la mentalidad de la gente como se sabe desde hace tiempo. Sobre todo cuando no apela a la razón y el conocimiento, sino que consiste en una prestidigitación verbal que saca palomas de un sombrero y hace desaparecer pañuelos de colores de manera que, como no se aprecia el truco a simple vista, todos dan por bueno lo que el mago presenta. Así continuará sucediendo, porque los engaños colectivos mediante el uso de la sugestión de las palabras no se detuvieron nunca en la vida pública de ningún lugar».
¿Y tú qué opinas, entrañable y agraciad@ lector?
Yo, como decía Capulina, digo que puede ser, a la mejor, quién sabe...

1 de diciembre de 2009

24 de noviembre de 2009

Incitando a lo trivial

El Centro de Estudios sobre lo Actual y lo Cotidiano, dependiente de la Universidad de la Sorbona, es dirigido por el sociólogo Michel Maffesoli, quien, entre otras cosas, nos incita a volvernos insolentes y triviales, a burlamos de los feudos académicos e intelectuales, con el propósito de abrir nuevos caminos a la comprensión e interpretación de todos los fenómenos sociales que aparecen frente a nuestros ojos como confusas manifestaciones juveniles, difíciles de aprehender.
Lo que subyace en la propuesta de Maffesoli es la necesidad de “pensar racionalmente lo que se considera como irracional”. Por lo anterior, no resulta extraña su determinación para asesorar las tesis de aquellos estudiantes cuyo interés está centrado en el fenómeno de las creencias.
Una de esos trabajos llamó la atención de propios y extraños porque en él se analizaba la “ambivalente fascinación-rechazo de la astrología”. Dicha investigación suscitó agrias críticas por parte de un sector del mundo académico por el persistente afán de Maffesoli –según dijeron- de exaltar el “culto de lo vivido”, aunque para el francés ésto más bien seríala “búsqueda de lo viviente”. Lo que sucede en realidad, dijo, es que se quiere condenar a la sociología a reproducir eternamente los modelos heredados del pasado, con debates que sólo interesan a sus participantes. Esas discusiones, son las que generan el “auto-desprestigio de una disciplina que ya no se enmarca en la realidad social”, expresó Maffesoli, intentando persuadir a sus oponentes a callarse el hocico.
Elogio de lo ordinario. Al destacar lo trivial y ordinario que tiene la vida cotidiana, el sociólogo francés nos impulsa a observar nuestro entorno con una nueva mirada. Una mirada que, por ejemplo, observa en las tribus urbanas a un novedoso elemento estructurante de la sociedad moderna.
Estos microgrupos se han venido constituyendo en una alternativa al proceso de desindividualización que se vive en la sociedad contemporánea y que tiene sus mayores repercusiones en las jóvenes generaciones. En ellos, sus integrantes comparten hábitos, prácticas, rituales, signos, símbolos, gustos e ideales que estructuran y son estructurados por los vínculos que se establecen entre sus miembros y que a la vez los protegen de las imposiciones que les llegan desde afuera.
Las tribus se distinguen por el reducido número de sus integrantes y por su forma de organización en red, elementos que además de fortalecer al conjunto, incrementa la confianza entre sus integrantes. La defensa del territorio ya no es para estas colectividades el elemento más importante para la configuración de su identidad, como sí lo fue para las pandillas o bandas surgidas en la pasada década de los ochenta. A todo esto agreguémosle dos componentes más de “centralidad subterránea” que distinguen a estas tribus: el secreto y los afectos.
No debe extrañarnos, entonces, que todos los esquemas y modelos explicativos que se tenían para interpretar las formas de agregación juvenil, se estén viniendo abajo y que además de estar perdiendo su eficacia hermenéutica, hacen ver ridículas las soluciones tradicionales que se siguen proponiendo para “ayudar” a tanto joven descarriado que anda por la calle.

29 de diciembre de 2008

Sobre poetas y poesía

Pero como dijo Dios, cruzando las piernas: “Veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía”
Charles Bukowski

22 de octubre de 2008

En sus memorias íntimas, publicadas bajo el título de La estatua de sal (Conaculta, 1998), Salvador Novo destaca la certera y aguda capacidad del pianista Ricardo Alessio Robles para poner apodos crueles a sus amigos –todos ellos homosexuales- quienes además, comenta Novo, eran parte de “su mundo asombroso: reino increíble, disperso, nocturno, vergonzante o descarado que le temía y le soportaba”. El propio pianista fue víctima de la mordacidad ajena, pues si para los alumnos que asistían a sus clases en el Conservatorio o aquellos que las recibían de manera particular en la sala de su casa, era el maestro Ricardo, para los íntimos que cruzaban por sus dominios, él era Clarita Vidal. Con todo, de esa habilidad, Novo nos refiere una larga lista de sobrenombres creados por el pianista, entre los que vale la pena destacar los siguientes: • Eva Tapia, conocido así por su sordera. • La Cotorra con pujos, quien debía su apodo a los pasos torpes que daba. • Emma Moreno, que lo era en exceso, afirma Novo. • Anneta Gallo, dependiente de un negocio y cantante de ópera “frustrada”. • Chucha Cojines, quien solía recibir a sus amistades únicamente por las noches para que su amante –en este caso Anneta Gallo- no fuera a encelarse. • La India Bonita, también conocida como el Águila de Carrizo. • La Tamales, “porque hacía sus conquistas invitando a los jovencitos a merendar unos tamalitos y una cerveza”. • Sor Demonio, un cura que lucía en uno de sus labios la huella de una cuchillada. • El Diablo en la Esquina, famoso por haberle dado mil pesos de oro a un torero “por una estocada personal”. • La Susuki, personaje miope de rasgos japoneses. • La Nalga que Aprieta, apodo del que ignoro su origen pues Novo nunca informa nada al respecto. Y para finalizar: • La Semillona y la Pitonisa, quienes eran “feas, pobres y escandalosas”. A ese le dicen… Como se sabe un apodo tiene la intención de subrayar con agudeza algún defecto de la persona que es nombrada con él, pero también tiene la capacidad de evocarnos imágenes y, a la vez, ofrecernos un vasto universo de significados, como señala la investigadora rumana Harriet Quint. Para Quint el hábito de poner apodos o sobrenombres es uno de los rasgos culturales más peculiares del pueblo mexicano. Tan es así que, incluso, para muchas culturas dicha práctica suele ser totalmente desconocida. Según esta investigadora, nuestra costumbre de poner apodos es una herencia de la tradición española, a la cual, sin embargo, los mexicanos le hemos dado un toque particular marcado no sólo por nuestra idiosincrasia, sino también por “el temperamento festivo de la gente que busca un motivo de risa todos los días”, asevera Quint. Es por eso que para los mexicanos, sin importar la condición social, la edad, el grado de escolaridad, la cultura política, la ideología o el género, los apodos son parte de nuestra vida cotidiana y podríamos decir que de manera instintiva acudimos a ellos casi en forma permanente.Según la investigadora rumana, existen distintos tipos de apodos, por ejemplo, están aquellos que destacan una característica de la personalidad de un individuo, los que nombran una característica física, los que cuentan una anécdota chistosa, los hereditarios, los que designan a un colectivo o grupo de personas (los braceros, por ejemplo), los hay también que designan gentilicios y los hay clandestinos, como los que sirven para nombrar al superior jerárquico o a quien ejerce su poder sobre los demás.