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30 de julio de 2010

El Beso

Hay besos que pronuncian por sí solos/la sentencia de amor condenatoria,/hay besos que se dan con la mirada/hay besos que se dan con la memoria./ Hay besos silenciosos, besos nobles/hay besos enigmáticos, sinceros/hay besos que se dan sólo las almas/hay besos por prohibidos, verdaderos./ Hay besos que calcinan y que hieren,/hay besos que arrebatan los sentidos,/hay besos misteriosos que han dejado/mil sueños errantes y perdidos./ Hay besos problemáticos que encierran/una clave que nadie ha descifrado,/hay besos que engendran la tragedia/cuantas rosas en broche han deshojado./ Hay besos perfumados, besos tibios/que palpitan en íntimos anhelos,/hay besos que en los labios dejan huellas/como un campo de sol entre dos hielos./ Hay besos que parecen azucenas/por sublimes, ingenuos y por puros,/hay besos traicioneros y cobardes,/hay besos maldecidos y perjuros./ Hay besos que producen desvaríos/de amorosa pasión ardiente y loca,/tú los conoces bien son besos míos/inventados por mí, para tu boca. (Fragmento del poema Besos de Gabriela Mistral)

29 de abril de 2010

Lo que leí

Ese día estábamos tirando barrio cuando se apareció El Jito. El Negro luego luego le aventó el sable:
-Qué onda wey saca para unas kiwas ¿no?. -Simón ése, yo también pongo unas. ¿Qué pedo? -le dije tratando de animarlo- Y soltó, el vato. Así que fuimos a comprar material embotellado. Al ratillo, El Negro que me grita cerquita del oído:
-Ira homes, clachate, esa jaina que viene ái'. Wacha, cabrón, tiene bien de aquellas la nalguita. Tírale el sable a la sorda, wey.
Y que me lanzo:
-¿Qué onda, ái te llevo con esa madre, m'ija?- le dije.
-¡Viejo majadero!-, fue lo que alcanzó a responderme la ruca.
-Chale, este wey nomás quemando el terre-, le comentó El Jito al Negro, quien estaba en el suelo revolcándose de la risa.
Al rato fue llegando más raza. Mientras hacían tranza a lo pendejo, llegó un vato con un celular. Quería 300 pesos por él. Se lo talonearon de volada.
Más al ratillo que le cae el Juan, montado en su baika con rines cromados. La carrilla no se hizo esperar:
-¡Tira esa madre a la verga, wey!
-¿Qué onda, saca un daime ¿no?
-El vato todavía ni se aliviana de lo de ayer y dizque quiere desayunarse un churrito. Es retempra wey, no mames.
-Usted saque la chora y cállese, ése.
-!Aguas, la 109!.
-Chale puto, tranquilo con eso. Me escamé bien gacho.
-¿Sabían que anoche se tiró un tiro cabrón el Nacho?.
-¿Oh sí?.
-Sí wey, entramos de gorra a un antro y ahí un güey que se nos pone bien acá. Pinche Nacho andaba bien arriba, de pronto empezó a lanzar botellas y que se arma la putazera. N'ombre, en el desmadre me jambé un chingo de carteras, wey.
-Ah, puto, andas cuajado. Móchese ¿no?.
-¡Hey wey!, pero qué onda con el Nacho. ¿La libró?.
-No pos le pusieron una catiza acá ligerona, lo bueno es que alcanzamos a abrirnos antes de que llegará el placón. Horas después, estábamos acá, tranquilos, cuando cayó el Aguayo, pinche jura culero, y que me truenan al Juanillo. Se lo llevaron de ahí a punta de riatazos. El pedo es que, según decían, se chingó un bolsón de una ruca de feria. Le dieron una calentiza bien machín y no tuvo más que echarse la bronca. Pero la neta, el Juanillo no tuvo nada qué ver, fue el Nacho quien se chingó el bolsón, compa. Y pos ahora ái está en la Grande… Pero, pos ya qué.
-Simón, ya qué.
-Simón. Pero saque pa’ otras kiwas, mi Jito. ¿O se me agüita?”

Escrito por: Julio El Sueco

20 de abril de 2010

Futbol e involución

El escritor Juan Villoro recuerda en alguna parte de su libro Dios es redondo (Ed. Planeta, México, 2006) que para Juan José Arreola el futbol era menos intelectual que el tenis o el ping-pong, particularmente porque aquél «carecía de la intermediación de la raqueta". Los movimientos del futbol -afirmaba el escritor-«ocurren en bruto, sin pasar por un instrumento civilizatorio, además prescinde de las manos, fundamento de la cultura… las raquetas confirman el ingenio de una especie industriosa, capaz de aprovechar tripas de gatos…». Para Arreola, la práctica del soccer era un regreso a la edad temprana del hombre sin utensilios.
Futbol versus intelecto. Según el periodista argentino Hernán Brienza, no obstante que se considera que fue Jorge Luis Borges quien inició las hostilidades y provocó la mala relación entre futbol y literatura, cuando declaró en una entrevista que «el futbol era una cosa estúpida de ingleses… un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos»; en realidad, esta mala relación se remonta hasta el siglo XIX, y más concretamente al año de 1890 cuando el escritor británico Rudyard Kipling manifestó su desprecio por ese deporte «y a las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Desde entonces y hasta la fecha, los desencuentros sobre este tema han sido una constante.
Y salieron del clóset. En este sentido, Eduardo Galeano ha señalado que «el mundo intelectual siempre ha adoptado una actitud despectiva y arrogante con el fútbol y todo lo que este deporte desata como pasión colectiva. Este juego ha sido condenado por intelectuales de derecha e izquierda. En la derecha, porque, dicen, es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y en la izquierda, porque creen que el fútbol tiene la culpa de que la gente no piense. Por suerte, en estos últimos años la actitud ha cambiado. Tenían vergüenza de su pasión y ahora ya la muestran y hablan de ella». En efecto, sobre todo desde mediados del siglo pasado las cosas empezaron a cambiar: escritores europeos e integrantes del llamado boom de la literatura latinoamericana salieron del clóset acercando su escritura al mundo del futbol o manifestando abiertamente su gusto por este deporte. Aunque inverosímil, vale la pena consignar la siguiente anécdota: según eso, tras haber presenciado un partido entre los equipos colombianos Junior y Millonarios, Gabriel García Márquez declaró lo siguiente: «No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien»
Sociología del pase filtrado. Aunque es verdad que el futbol ha ido ganando más y más adeptos en todo el mundo, también es cierto que sus detractores no han desaparecido. Uno de ellos es el sociólogo Juan José Sebreli, quien en su libro Futbol y masas afirma lo siguiente: «el acto de patear una pelota es ya de por sí esencialmente agresivo y crea un sentimiento de poder, amén de que la picardía de vencer al adversario basada en la trampa, la mentira, el disimulo, la zancadilla, tan alabada por todos los apologistas del futbol como una forma de inteligencia natural y espontánea, no es sino una característica de la personalidad autoritaria»
¡Diego, que Dios te lo pague! ¡Qué ansiedad, Dios mío! ¡Los nervios de punta y un cosquilleo en la planta de los pies. Un nudo en el estómago… Y lo de Diego… ¡Qué cosas hace todavía con la pelota! ¡Cómo pesa su presencia ahí donde otros hacen nada más que lo grosero! Diego se portó como si el que estuviera en la cancha fuera su propio monumento. La llevaba atada, la escondía y la mostraba para embelesar australianos y exigir argentinos… Entonces Argentina empezó a apretar… Entre tanto, lo de Mac Allister tomaba visos de epopeya potreril: pelota que encontraba, pelota que reventaba fuerte… No bien los otros defensores advirtieron que Mac Allister se llevaba la gloria tirando cañonazos al cielo, decidieron imitarlo y ¡pum!, Vázquez, ¡pum! Ruggeri, ¡pum! Simeone... Sobre el final, cuando un pelotazo cruzado lamió el palo de Goycochea, hubo toda clase de desmayos. Pero ya estaba todo dicho y la historia no tendría más sobresaltos: Diego Armando Maradona le devolvió la sonrisa a una Argentina que ya se estaba desconociendo a sí misma… (Osvaldo Soriano. Fragmento de su crónica del partido Argentina-Australia, clasificatorio para el Mundial de 1994)

12 de febrero de 2010

Blanco y negro

Las primeras seis fotos que verán a continuación, las tomé hace como quince años, cuando trabajaba en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (la CONAFE, como le dice la gente de las comunidades rurales). Varias de ellas las realicé con una cámara similar a la que utilizaba Mafafa Musguito, pues en aquellos años las digitales no existían o por lo menos no eran muy comunes por estas tierras del Señor. A lo que voy es que ha pasado tanto tiempo desde entonces, que todos los niños que aquí aparecen, hoy en día ya son mayores de edad. Peor aún: me doy cuenta de que estoy en franca decadencia, tan es así que el recuerdo de mis glorias pasadas lo he convertido en un pretexto para postear. Dicho lo anterior, les informo que debo retirarme, pues se me está enfriando el atolito que me voy a cenar.

Prescolar de Chandiablo, Manzanillo

Interior del Preescolar

Alumnos del Preescolar de El Poblado, Coquimatlán
Roberto
María
Flores de El Poblado
Las siguientes imágenes formaron parte de mi primera -y única- exposición fotográfica, organizada por la dirección de cultura del Ayuntamiento de Colima, en el lejano 2006. No cabe duda que todo tiempo pasado fue anterior.
Jugando con el agua
Jugando con el agua II
Fervor guadalupano
Diablito Rojo

Montados en el dragón

Saludo navideño

Los recuerdos suelen
contarte mentiras.
Se amoldan al viento,
amañan la historia;
por aquí se encogen,
por allá se estiran,
se tiñen de gloria,
se bañan en lodo,
se endulzan,
se amargan
a nuestro acomodo,
según nos convenga...
Joan Manuel Serrat

14 de enero de 2010

Habitacion Uno Cero Uno

  • Ayer una rata se metió a mi casa.
  • Sucede que entré a la cocina y la sorprendí pendejeando por el lugar.
  • La rata me percibió y huyó rápidamente a esconderse.
  • Se metió debajo del refrigerador.
  • Me asusté mucho, porque confieso que les tengo un miedo enfermizo a esos animales.
  • Por eso, no obstante que acababa de regresar del trabajo, mejor me volví a ir a mi oficina.
  • Pero toda la tarde estuve pensando en ella.
  • "¿Qué estará haciendo?"
  • "¿Ya se habrá ido?"
  • "¿Andará sola o estará acompañada?"
  • "¿Tendrá rabia?"
  • "¿Y si me la vuelvo a encontrar?"
  • Alguien me aconsejó: "¡Chíngatela! Compra raticidad del que las deja secas"
  • Y yo le pregunté: "¿Y dónde puedo adquirir ese producto?"
  • Y él me contestó: "En Wall Mart"
  • Fui a comprarlo.
  • Llegué a la casa y le serví su cena a la rata.
  • La rata ya se chingó media bolsita de churritos con raticida.
  • El problema es que este animal al parecer no tiene llenadero y sigue tragando.
  • Ojalá se muera pronto.
  • Si no, voy a tener que comprar un gato.
  • O, quizá, pida ayuda.
  • Hasta me siento como Winston Smith -el personaje orwelliano- quien habiendo sido trasladado a la Habitación Uno Cero Uno, escucha a O'Brian decir: "Cuando yo apriete el otro resorte, se levantará el cierre de la jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarán contra ti como balas. ¿Has visto alguna vez cómo se lanza una rata por el aire? Así te saltarán a la cara. A veces atacan primero a los ojos. Otras veces se abren paso a través de las mejillas y devoran la lengua..."
  • Por eso a mí me dan miedo las ratas.
  • 10 de enero de 2010

    Slow life/Slow food

    Comer frutas y verduras que han completado su proceso de maduración sin la injerencia de químico alguno. Disfrutar de un excelente vino producido en el viñedo del vecino. Saborear platillos elaborados con base en recetas tradicionales y consumir esos alimentos según los usos y costumbres de los antepasados, son, entre otras, algunas de las prácticas promovidas por una nueva filosofía de vida que pondera el movimiento parsimonioso de la vida en la sociedad moderna y que podría resumirse en dos conceptos básicos: slow food/slow life. Esta forma de vida ha venido propagándose por diversas partes del mundo sustituyendo el principio de más rápido, más barato, por otro que señala entre más despacio, mejor. Sus preocupaciones están orientadas a la comida, el trabajo y la naturaleza. Su propuesta: tomarse las cosas con calma, saborear lentamente la comida local, trabajando lo justo para vivir, cuidando y disfrutando de la naturaleza. De lo que se trata es de oponerse a la velocidad vertiginosa con la que actualmente transcurren las vidas de las mujeres y los hombres contemporáneos, sugiriendo que “Redescubramos la riqueza, los sabores y los aromas de nuestras cocinas locales. Si la Fast life, en nombre de la superproductividad, tiende a cambiar nuestros modos de vida y amenaza nuestra cultura, la Slow food es la respuesta”.
    Comida rápida. El fundador de este movimiento, el sociólogo y periodista Carlo Petrini, informó que en sus orígenes el objetivo de su organización era promover la venta de alimentos locales en pequeños mercados de su pueblo, como una reacción a la uniformidad promovida por los grandes empresas multinacionales dedicadas a la elaboración de comida. “Estos restaurantes de comida rápida extienden por todo el mundo una alimentación pobre y uniforme, donde se pierde el gusto por la buena comida. Hace cien años la gente comía más de cien clases diferentes de alimentos, en la actualidad nuestra dieta se compone de apenas diez o doce clases", dijo Petrini.
    Slow life, salud mental, educación y ciudad. Ahora bien, conviene señalar que la filosofía slow ha trascendido el sólo respeto y disfrute de las gastronomías locales, proponiendo mejorar la calidad de vida y preservar la salud mental de la gente, a través de reeducar a los adultos y estimular a los niños en el contacto con los aromas y los sabores. Por lo anterior, algunas escuelas europeas ya están trabajando talleres donde a los alumnos se les “entrena” en el uso de los sentidos como “instrumento de conocimiento”. Este movimiento aspira a construir una red global de ciudades y comunidades que compartan el ideal de una ciudad armónica y con una actividad basada en la serenidad de la vida cotidiana, centrada en la apreciación de los ciclos naturales, el cultivo de alimentos locales y el crecimiento colectivo a través de una vida lenta y reflexiva. En el presente, casi un centenar de ciudades europeas han adoptado lo que ya se conoce como el Manifiesto Petrini. En ellas las tiendas no abren ni jueves ni domingos; los autos no circulan en las calles principales, evitando con ello que sus habitantes se estresen; se ha aumentado el número de parques y plazas; se tiene prohibido el uso de alarmas en los autos y se han eliminado todos los anuncios espectaculares y de luz de neón. En estos días, su mayor prioridad es la de incluir el uso de fuentes de energía renovable, de sistemas ecológicos de transporte público y el reciclado. Aquí se debería hacer el intento de desarrollar un programa urbano que sin ser necesariamente una copia de lo que sucede en Europa, por lo menos retome algunas de sus ideas, porque el estrés ya se ha instalado en Colima.
    ¿O tú cómo la ves?

    Mmmhhhh...

    OCURRE QUE LA REALIDAD es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame soñar", se debería decir: "déjame mirar".

    Juega uno a vivir.
    Jorge Luis Borges

    4 de enero de 2010

    Cuando las palabras seducen

    Las palabras, según Alex Grijelmo, “no sólo significan: también evocan”. Esta capacidad, afirma, tiene su origen en la historia que ellas van acumulando a través de su uso en el tiempo.
    Con el lenguaje damos testimonios o revelamos cosas a los demás; sin embargo, no es casual que para hacerlo elijamos tales o cuales palabras, pues muchas veces ellas cumplen una función implícita: la de juzgar los hechos que estamos comunicando.
    Alguien que quisiera descalificar al compañero de trabajo que le disputa un ascenso, sabiendo de las fuertes convicciones profesionales de su contrincante, lo podría definir como un empleado tenaz, pero también podría decir de él que es un empleado muy testarudo. La diferencia es notable.
    Si hay palabras que juzgan, también existen otras con las que expresamos poder o sometimiento. Por ejemplo, acudimos al banco a pedir un crédito y la institución financiera analizará si nos lo concede. No obstante que, en esencia, dicho crédito vamos a comprarlo y ellos a vendérnoslo, al nosotros pedir y ellos al conceder, de antemano nos pone en una situación de subordinación, de tal manera que os veremos obligados a dar explicaciones de nuestro pasado, de nuestras relaciones personales, de nuestros ingresos, de nuestro trabajo o de cualquier otro misterio de nuestra vida que aquellos quieran develar.
    Cuando las palabras seducen. Más allá de la pobreza o riqueza de su lenguaje, quien lo emplea tiene la posibilidad no sólo de convencer sino de seducir a quien lo oye. Es decir, las palabras también pueden ser utilizadas como instrumento para manipular a los demás.
    Al respecto Grijelmo señala: «El lenguaje, pues, tiene efectos en la mentalidad de la gente como se sabe desde hace tiempo. Sobre todo cuando no apela a la razón y el conocimiento, sino que consiste en una prestidigitación verbal que saca palomas de un sombrero y hace desaparecer pañuelos de colores de manera que, como no se aprecia el truco a simple vista, todos dan por bueno lo que el mago presenta. Así continuará sucediendo, porque los engaños colectivos mediante el uso de la sugestión de las palabras no se detuvieron nunca en la vida pública de ningún lugar».
    ¿Y tú qué opinas, entrañable y agraciad@ lector?
    Yo, como decía Capulina, digo que puede ser, a la mejor, quién sabe...

    2 de enero de 2010

    Los Profesores

    - Los profesores nos vuelven locos con preguntas que no vienen al caso- se quejó conmigo el joven Iván y luego de una breve pausa empezó a darme algunos ejemplos de interrogantes que lo enloquecen: ¿Cómo se suman los números complejos? Diga cuál es el origen del sistema solar. ¿Es posible cantar con la boca cerrada? ¿Hacia dónde está ladeada la Torre de Pisa? Diga quién fue Pancho Villa y por qué... -Yaaaa, no exageres- le dije. - No, en serio, así es la cosa- respondió. Y se siguió de frente citando más ejemplos: ¿Por qué no se “cae” la luna sobre la tierra? ¿Cuántos y cuáles son los poliedros regulares? ¿Hay o no hay tinieblas en la luz? Explique brevemente quién fue Asclepiades de Bitinia... Mientras mi hijo me seguía ofreciendo evidencias que reforzaban su dicho, no pude sino darle la razón. Porque cuando yo tenía su edad, recuerdo perfectamente que para mí el mundo eran tan grande como el tamaño de la pelota de futbol que siempre traía conmigo. Y patearla era mi delirio. Mejor aún: la razón de mi existencia. … ¿Cómo se reproducen los helechos? ¿Cuál es la fórmula del anhídrido sulfúrico? ¿Cómo se suman fracciones de distinto denominador? Determine la altura de esa nube que va pasando… Ciertamente, muchas de las preguntas que me hicieron algunos de mis profesores, me pasaron gloriosamente por un lado y continuaron su camino sin perturbar la calma del universo. …¿Qué entiende Kant por imperativo categórico? Explique el método de preparación del ozono. ¿Cuáles son las partes constitutivas de la flor? ¿De cuántas partes consta una misa solemne? ¿Con qué le quemaron las patas a Cuauhtémoc?... Ahora que lo analizo, hubiera preferido que me tragara la tierra antes de contestar tanta pregunta descabellada, sobre todo después de los discursitos moralizantes a los que nos sometían si no contestábamos acertadamente: - ¿Acaso sabes cuánto le cuesta al gobierno tu educación?... …Explique con sus propias palabras la paradoja hidrostática ¿Cuánto crece un elefante? ¿Cómo, cuándo y quién inventó los signos de interrogacón? ¿Diga el nombre del apóstol que decidió no dejar propina en la última cena?... Es por eso que los jóvenes se esconden en el fondo de los patios o quizá debajo de alguna mesa, y ahí, con el cuerpo ardiendo por el recuerdo de todos sus amores imposibles, se ocultan de la madurez a la que tal vez nunca llegarán o de la vejez mental que con sus alas de insecto va envolviendo paulatinamente sus juveniles cuerpos. …¿Cuál es el nombre científico del apalcuate? ¿De cuántas pulgadas eran los clavos con los que crucificaron a Jesucristo? ¿Cuánto demoraría un tren en llegar a la luna?...

    Los Anormales

    Historia de X. “Sin ser intelectualmente brillante, no es estúpido; encadena bien las ideas y tiene buena memoria. Moralmente, es homosexual desde los 12 o 13 años, y en sus inicios ese vicio había sido más que una compensación de las burlas que soportaba... Quizá su aspecto afeminado agravó esta tendencia a la homosexualidad... X. es totalmente inmoral, cínico e incluso charlatán. Hace tres mil años habría residido en Sodoma y los fuegos del cielo lo habrían castigado con toda justicia por sus vicios. Hay que reconocer con claridad que Y. [la víctima] habría merecido el mismo castigo. Puesto que en definitiva es anciano y no tuvo mejor idea que proponer a X. instalarse en un cabaret de invertidos... Este Y., sucesiva o simultáneamente amante masculino o femenino, no se sabe, de X, incita al desprecio y al vómito... Hay que ver el aspecto femenil de uno y otro para comprender que puede emplearse esa palabra, cuando se trata de dos hombres tan afeminados que ya no es en Sodoma sino en Gomorra donde deberían haber habitado”.
    Discursos de verdad. El texto anterior está formado con extractos de un informe de pericia siquiátrica en material penal, elaborado en 1973, y presentado por Michael Foucault en su libro Los anormales (FCE, 2002), con el propósito de demostrar que enunciados como los anteriores se consideran discursos verdaderos porque los formulan individuos “calificados” (médicos, especialistas y científicos en general). Son discursos de verdad que quizá provoquen risa, pero que tienen el poder institucional incluso de matar. Su objetivo es doblar el delito a través de nociones que, como el ejemplo anterior, se expresan para descalificar: tendencia a la homosexualidad, sujeto inmoral o aspecto afeminado. Constituyen rasgos individuales enunciados una y otra vez hasta hacerlos parecer como elementos inherentes al delito. En el caso X. y Y., su crimen está en su homosexualidad manifiesta, que deriva en una actitud criminal. “La pericia permite pasar del acto a la conducta, del delito a la manera de ser, y poner de relieve que esta última no es otra cosa que el delito mismo”, concluye Foucault.
    Cuando tú eres el problema."Caminaba como a la una de la tarde por una calle del centro de Colima, se bajaron de la patrulla y me preguntaron a dónde iba y que en dónde vivía... Les dije la verdad, pero ellos me dijeron “¿A poco crees que te vamos a creer?” Me revisaron mi bolsa... Se pusieron a ver mi álbum fotográfico, checaron mis cosméticos a ver si llevaba droga... Me molesté y les dije “¿Hay algún problema conmigo?”... “El problema eres tú”. El policía me abrió la puerta de la patrulla; en eso se acercó una señora a defenderme y gracias a ella me dejaron ir, pero me dijeron que no querían volverme a ver por ahí».
    Luchas territoriales.El testimonio anterior es una de las tantas arbitrariedades que ha sufrido Sheila, cuando ocasionalmente sale a caminar por las calles de la ciudad de Colima, pero esencialmente es una vivencia más que documenta la exclusión social de la que son objeto muchos de sus habitantes, quienes han cometido el pecado de ser (o pretender ser) diferentes a los demás. Efectivamente, Sheila es un joven travestí de 23 años, quien decidió colaborar como informante clave para la investigación realizada por el académico colimense César O. González Pérez y cuyos resultados pueden analizarse en el libro Travestidos al desnudo: homosexualidad, identidades y luchas territoriales en Colima (Ciesas/Editorial Porrua, 2003. Entre otros temas, González Pérez, nos habla sobre cómo ciertas instituciones sociales se encargan de producir un deber ser que sin embargo constantemente es alterado por todas aquellas personas a las que la sociedad les impide ocupar un lugar en el espacio público con el propósito de convertirlas en individuos socialmente invisibles, porque su presencia les resulta intolerable. Discriminados entre los discriminados, los travestís han ido forjando su propia identidad social a través de expresiones distintivas, con un lenguaje propio, con referentes simbólicos y prácticas comunes que, por extraño que parezca, reproducen con metáforas las instituciones legítimas.
    Ilusionándose con Juana... 1. «Ya fui a inaugurar la nueva preventiva" –comenta Juana-. A mi llegada me dieron mi tentempié, mi entremés y mi entresemana... Me llevaron a conocer las instalaciones. Les dije: “¿Este es el taller de costura?”, “No”, me dijeron, “esta es el área de embutidos y enlatados”... Y si vieran qué cosa me cené esa noche». 2. «-Estás bonita -me dijo el juez y se me queda viendo como encuerándome-. Le pregunté: -"¿Nos dejarás salir?"-. Y él me contestó: -"Solo si te quedas a dormir conmigo que ya me ando haciendo ilusiones". Me quedé con él toda la noche y ya como a las seis de la mañana, me dijo que ya estaba bueno y me dio dinero».
    La realidad oculta. La realidad de los travestís transcurre en los entresijos de nuestra vida cotidiana, no obstante el hipócrita empeño con el que se le pretende ignorar. No sólo es una realidad oculta, (auto)contenida en burdeles, en hoteles de paso y en fiestas particulares, sino también es una realidad que en público logra avergonzar a algunos, a pesar de que estos, en privado, formen parte de ella. Estos fenómenos de exclusión social no les interesan a los demócratas de ocasión, pues para ellos existen en la vida asuntos más relevantes que andar discutiendo de puterías. Mintras tanto, vulnerables al descrédito, los travestís van construyendo a través del estigma su propia solidaridad grupal.

    26 de noviembre de 2009

    Letras, letras, letras...

    En un estacionamiento de Oaxaca
    Afuera de la iglesia de Mazamitla, Jal.
    Adentro de la iglesia de Mazamitla, Jal.
    Ofertón: uno empeña sus cosas y ellos nos regalan una mochila.
    En una farmacia de Barcelona
    En uno de los paraderos de autobuses de la Piedra Lisa.
    Sólo para quienes desean ser asquerosamente ricos
    En la caseta de cobros de Salamanca, Gto.
    En La Albarrada, ése...

    27 de junio de 2009

    Las preguntas desconcertantes

    Es muy común que las preguntas que nos hacen los niños nos dejen sorprendidos, ya sea por la ingenuidad de sus planteamientos o de plano porque no sabemos qué responderles. Por ejemplo, hace varios años, mi sobrina Andrea, me preguntó que cuánto pesaba un kilo de algo. Luego de tocarle la frente y cerciorarme que su desvarío no lo ocasionaba una fiebre terciana, le dije que mejor le fuera preguntar a su mamá, ya que ella por ser maestra lo sabe todo. Otro ejemplo: en una ocasión que pasábamos por un circo, el entonces niño Iván me preguntó que por qué los elefantes tenían la espalda arriba y no como nosotros, que la tenemos atrás. –Porque Dios Nuestro Señor así lo dispuso y su sabiduría es inconmensurable, hijo mío-, fue lo que atiné a contestar.
    Ahora bien, es oportuno afirmar que los adultos somos especialistas en plantearleas a los demás cierto tipo de preguntas que aquí llamaremos idiotas. El problema es que como somos rebuscadamente perspicaces, siempre habrá alguien que responda a cualquier cosa que le inquieran, sin importarle qué tan estúpido sea el cuestionamiento. Al respecto, sostengo que a cada pregunta idiota le debe corresponder con justicia una respuesta estúpida. A continuación ofrezco algunos ejemplos:
    a) Por andar en la parranda se nos hace tardísimo y llegamos casi al amanecer a nuestra casa. La esposa quien no obstante que mira el deplorable estado en el que nos encontramos, escandalizada arma su bochinche y pregunta gritando: - Mira nomás cómo vienes, ¿dónde andabas, cabrón?, ¿qué horas son estas de llegar?-. Si intentáramos responder coherentemente, echaríamos a perder cualquier coartada preparada con antelación. Por tanto, la respuesta debe ser igual de necia que la pregunta. Algo como esto: -Mi amor, me entretuve tantito porque viendo que no había tanto sol, me puse a chaponear el terreno que me heredó mi tío Eleuterio. Ya te dije que ahí pienso sembrar mucha mota, a ver si así salimos de pobres-.
    b) Harto de traer el pelo como Leonardo Cuellar en la década de los setenta y de ser la burla de los compañeros de trabajo, vamos con el esteta de la tijera para que le de una arregladita a la mata capilar. Después de la manita de gato, al aparecernos por la oficina, nunca falta el compañero que torpe pero alegremente pregunte -Órale, vale, ¿te cortaste el pelo, verdad?-. La respuesta, como corresponde, deber ser tan o más estúpida que el cuestionamiento: - No, jovencito, no me lo corté, sucede que en el transcurso de la noche la cabeza me creció varios centímetros cúbicos-.
    c) Luego del partido, todos los integrantes del equipo de futbol nos instalamos debajo de una parota y ahí, bajo el resguardado de su inmenso follaje, empezamos a disfrutar de unas heladas y riquísimas cervezas. Sin embargo, apenas han pasado unos minutos cuando el cielo comienza a encapotarse, negros nubarrones se ciernen sobre nuestras cabezas, mientras el viento adquiere tal fuerza que empieza a tumbar pequeños árboles y, al mismo tiempo, grandes ramas son arrastradas por la carretera. Relampaguea una y otra vez y de pronto empieza a lloviznar. Un rayo cae como a trescientos metros de donde estamos emborrachándonos y es entonces cuando nuestro defensa central, con la mirada perdida y sin mirar a nadie, nos pregunta: -Oigan, ¿ustedes creen que irá a llover?-. La respuesta debe ser sobresaliente: -¡Claro que no! Las nubes, los rayos, el viento y la llovizna, son efectos especiales que entre todos pagamos nomás para ver si lográbamos sorprenderte, pendejo.
    d) El sujeto X, cuidándose de que no lo veamos, se nos acerca silenciosamente. Ya ubicado a nuestras espaldas pega un grito y nos sacude de los hombros. El susto nos deja mudos, temblorosos y con señales inequívocas de una incipiente diabetes. “¿Te asustastes?”, todavía se atreve a preguntarnos el muy imbécil. Uno mejor se queda callado decidiendo que arma usar para el homicidio: estilete, daga, cuchillo, pistola, rifle, escopeta cuata o si será mejor aplicarle al sujeto X algunas de las técnicas de suplicio descritas por Foucault en su libro Vigilar y castigar.
    e) "No encuentro mis llaves ¿no las has visto?", le preguntamos al compañero de trabajo quien, al mismo tiempo que se saca el pedazo de frijol que trae atorado entre los dientes, nos responde: "No, para nada", y luego filosóficamente nos cuestiona: "¿Pues dónde las habrás dejado?". O sea, jelou, si supiera dónde dejé las méndigas llaves ¿tendría algún caso que le estuviera preguntando por ellas a este redomado pendejo?
    f) Concluyo con la campeona de todas las preguntas idiotas: en el baño, concentrados en los menesteres precisos y en la lectura del Libro Vaquero, oímos que el teléfono timbra incesantemente. Una, dos, tres... diez veces. Tanta obstinación nos hace pensar: “Ha de ser una urgencia”. Con los pantalones enredados en las piernas y nuestra integridad física peligrando, nos vamos dando brinquitos hasta llegar al aparato. Levantando el auricular contestamos: “Bueno”. Del otro lado de la línea se escucha la vocecita de un hijo de su Pink Floyd, que nos pregunta: “¿A dónde hablo, oiga?”.

    22 de octubre de 2008

    El Especialista

    Ai' tienen que al estéreo de mi auto no le funcionaba el reproductor de cidis, pues en un instante de desesperación saqué violentamente un disco -titulado sabiamente Puras perronas- porque ya me tenía harto y al hacerlo éste se rompió. Obviamente, una de las partes quedó dentro del artefacto y ya no pude extraerla, por lo cual me vi obligado a escuchar durante más de un mes, la música que programan las estaciones locales de radio. Está por demás subrayar que dicha programación me dejó más harto: las mismas canciones y los mismos artistas, a la misma hora y todos los días. Para remediar esta circunstancia decidí no pagar un adeudo pendiente y destiné ese dinero a sufragar el trabajo de un especialista para que arreglara el desperfecto en comento.
    Como hay ocasiones en que uno hace las cosas no con base en la razón sino en la comodidad, decidí entonces acudir al taller más cercano a mi centro de trabajo. Fue así que una sonriente tarde de abril conocí al especialista que arreglaría mi querido autoestéreo.
    En cuanto llegué al lugar supe que la persona que se encontraba culimpinada en la cajuela de un auto tratando de conectar unas bocinas era él. En efecto, minutos después, y luego de concluir con su tarea, ese mismo personaje se me acercó diciéndome que qué se me ofrecía. Brevemente le expliqué mi problema.
    Sin decir ni una plabra más, el especialista sacó el estéreo del auto y se puso a revisarlo con la meticulosidad de los profesionales: primero, lo vio por un lado; en seguida, lo vio por el otro; después, lo revisó por arriba y de inmediato lo exploró por abajo, por unos segundos se quedó pensativo mirando el aparato y luego empezó a quitarle el excedente de polvo. Todo lo hacía con extrema delicadeza; es más, lo hacía con tanto cuidado que por momentos parecía como si en sus manos tuviera no el estéreo de mi coche, sino el cetro del Rey Colimán (si es que éste algún día tuvo uno).
    Por fin, el especialista habló: -No, vale, la cosa está media cabrona. Tengo que desarmarlo todo. Déjamelo y en la noche veo si se puede hacer algo. Vente mañana como a las once-. Al día siguiente llegué al taller puntual a la cita. Como lo ordenan la urbanidad y las buenas costumbres saludé amablemente a los presentes, saludo que por cierto nadie respondió, por lo que mejor me puse a ver cómo el especialista ahora se apelincaba tratando de pasar unos cables por el capacete de una camioneta, mientras el dueño de ésta, un sujeto malencarado, sólo observaba.
    Así, pasaron más de cuarenta minutos, tiempo durante el cual escuché que un albañil, mientras hacía la mezcla frente al taller, cantaba Con todos menos contigo, del emblemático grupo ochentero Timbiriche. Poco después llegó al taller un señor panzón quien, en voz alta, nos informó a todos que se encontraba ahí no porque tuviera muchas ganas de hacerlo, sino porque tenía que cobrarle no sé qué cosa al especialista. Éste como respuesta le ofreció un: -Orita no esté chingando, estoy ocupado-.
    El señor, haciendo como que no había oído nada, mejor se puso a platicar con el sujeto malencarado. Al ratito me le acerqué al especialista para decirle que si se iba a tardar.
    -¿Qué, tienes mucho qué hacer?, me preguntó-.
    Yo le contesté que no, pero que sí me urgía hacer un mandado.
    –Pues ve y te regresas de volada. Aquí te espero-, me ordenó.
    Así que me fui en chinga a hacer lo que tenía programado. En media hora resolví mi compromiso y me regresé al taller.
    -¿Tan pronto, vale?-, observó medio molesto nuestro personaje.
    En tanto, el albañil cantor cantaba ahora Like a stone y como que eso agravió al especialista porque le gritó: -Ya cállate, cabrón ¿Pues qué te metistes hoy? Puras pendejadas cantas-. Luego de la censura musical, llegó un sujeto con un cable en la mano y le dijo al especialista: -Oye, conecté a la caja el cable que me vendiste y no tocan los cidis-. Como si le hubieran clavado un misil Tomahawk en el trasero, el especialista dejó lo que estaba haciendo y enfrentó al recién llegado diciéndole: -Pues ayer sí servía y si quieres le digo al que me lo trajo que venga para que veas que sí funcionaba. Uno vende las cosas jalando y luego las tráin diciendo que no sirven. Así no, vale-. Al sujeto del cable sólo le quedó preguntar con timidez: -¿No tendrás otro?-. Lo que provocó que el especialista ahora se pusiera como si una bomba de fragmentación CBU-87 le hubiera caído al taller, pues al borde de la histeria, vociferó:
    -Mira, no tengo otro y además el dinero ya me lo gasté ¿Cómo le hacemos?-
    –Mejor luego vengo, cuando estés más desocupado-, fue lo único que pudo decir el pobre (pero no menos pendejo) cliente. El especialista siguió trabajando. Por fin concluyó su tarea, probó el aparato que recién había instalado (y que por cierto le acababa de vender al sujeto malencarado) y no funcionó. Movió cables, sacudió la camioneta, golpeó el asiento, conectó y desconectó quién sabe cuántas cosas y, dándose por vencido, le comentó al malencarado:
    -¿Sabes qué? Así vete, al cabo que el estéreo sí sirve, la caja déjamela, al rato la reviso y mañana vienes por ella, no le hace que sea domingo, yo aquí voy a estar-. El malencarado se retiró sin decir una palabra. -Ahora te instalo el estéreo, pero antes ocupo que me lleves a dejar una razón-, me dijo. Fuimos, dejamos la razón y regresamos al taller. Mientras rearmaba el estéreo, el especialista, con actitud más amable, se puso a platicar conmigo. Me contó que al rato se iba con uno de sus homies a Cuyutlán –Pues allá unas amigas de mi compa tienen un restorán, nos vamos a pasar el fin de semana y regresamos hasta el lunes, me contó. Sin embargo, aún no concluía esta última frase cuando le hice un comentario que nunca le debí haber hecho: -Oye, ¿pero no va a venir el señor por su caja mañana en la mañana?-. Nomás me miró y no dijo nada. Se levantó y se puso a instalar mi estéreo.
    Por fin, terminó el trabajo, probó el equipo y me dijo cuánto era. Pagué, le di las gracias, me subí al auto y cuando había avanzado un poco escuché que me hablaba. Detuve la marcha y se acercó. Con un brillo malicioso en la mirada me dijo:
    -Fíjate que sobró este tornillo, me voy a quedar con él, pues me puede servir para otro jale, al cabo que ya vistes que el estéreo sí sirve-.
    Hoy circulo por las calles de Colima oyendo mi música preferida, sólo que al llegar a los empedrados debo cambiarle inmediatamente a la radio porque con los brincos los cidis no se oyen bien. Y es cuando de pronto pienso que a la mejor el tornillo que sobró tenía una función sustancial en la suspensión del estéreo y una pregunta me ronda en la mente: ¿iré a reclamarle al especialista?

    21 de octubre de 2008

    Crímenes ejemplares

    ¿Por qué una persona “normal” puede, en cualquier momento, convertirse en un implacable asesino?
    Pregunta tan complicada, como inquietante, encuentra algunas respuestas en el libro Crímenes ejemplares (Ed. Espasa, 1999), del dramaturgo y narrador español Max Aub, obra donde pueden escucharse las voces de los homicidas exponiendo las razones que los impulsaron a cometer su crimen.
    Al respecto, el autor nos comenta que el material de su libro está integrado por «Confesiones sin cuento: directas, sin más deseo que explicar el arrebato. [Los criminales] desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevaron al crimen, sin otro motivo que dejarse arrastrar por sus sentimientos… De las reacciones de los difuntos nada digo, por ignorancia. Me bastaron –como autor- las de sus asesinos», concluye Aub. Si bien es cierto que, como dijo el periodista Juan Ulloa, en todo crimen subyace una verdad, también es posible creer que en toda verdad se ocultan motivos inasibles. Y si no léanse las siguientes revelaciones homicidas:
    - Lo maté porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que lo que decía era una gran mentira. - Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella en la mano. - Lo maté porque estaba seguro que nadie me veía. - Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la escuela primaria de Tenancingo, Zacatecas. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día no lo pude aguantar y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio. - Soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba… Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. - ¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado… ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en todita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda ahí a chutar como Dios manda. - Yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado. La mesera, meneando las nalgas como si nadie más que ella tuviera, se los trajo antes que a mí, sonriendo. La descristiané de un botellazo: yo había encargado mis tacos mucho antes que ese desgraciado, cojo y con acento del norte, para mayor inri. - Lo maté porque me dolía la cabeza y él hablaba sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces, descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta. - ¿Para qué tratar de convencerle? Era un sectario de lo peor, cerrado de mollera, como si fuese Dios Padre. Se la abrí de un golpe, a ver si aprende a discutir. El que no sabe, que calle. - ¿Ustedes no han tenido ganas de asesinar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos. - A mi hermana –de verdad, de verdad- nunca la pude tragar. - De mí no se ríe nadie. Por lo menos ése ya no…