En sus memorias íntimas, publicadas bajo el título de La estatua de sal (Conaculta, 1998), Salvador Novo destaca la certera y aguda capacidad del pianista Ricardo Alessio Robles para poner apodos crueles a sus amigos –todos ellos homosexuales- quienes además, comenta Novo, eran parte de “su mundo asombroso: reino increíble, disperso, nocturno, vergonzante o descarado que le temía y le soportaba”.
El propio pianista fue víctima de la mordacidad ajena, pues si para los alumnos que asistían a sus clases en el Conservatorio o aquellos que las recibían de manera particular en la sala de su casa, era el maestro Ricardo, para los íntimos que cruzaban por sus dominios, él era Clarita Vidal.
Con todo, de esa habilidad, Novo nos refiere una larga lista de sobrenombres creados por el pianista, entre los que vale la pena destacar los siguientes:
• Eva Tapia, conocido así por su sordera.
• La Cotorra con pujos, quien debía su apodo a los pasos torpes que daba.
• Emma Moreno, que lo era en exceso, afirma Novo.
• Anneta Gallo, dependiente de un negocio y cantante de ópera “frustrada”.
• Chucha Cojines, quien solía recibir a sus amistades únicamente por las noches para que su amante –en este caso Anneta Gallo- no fuera a encelarse.
• La India Bonita, también conocida como el Águila de Carrizo.
• La Tamales, “porque hacía sus conquistas invitando a los jovencitos a merendar unos tamalitos y una cerveza”.
• Sor Demonio, un cura que lucía en uno de sus labios la huella de una cuchillada.
• El Diablo en la Esquina, famoso por haberle dado mil pesos de oro a un torero “por una estocada personal”.
• La Susuki, personaje miope de rasgos japoneses.
• La Nalga que Aprieta, apodo del que ignoro su origen pues Novo nunca informa nada al respecto.
Y para finalizar:
• La Semillona y la Pitonisa, quienes eran “feas, pobres y escandalosas”.
A ese le dicen… Como se sabe un apodo tiene la intención de subrayar con agudeza algún defecto de la persona que es nombrada con él, pero también tiene la capacidad de evocarnos imágenes y, a la vez, ofrecernos un vasto universo de significados, como señala la investigadora rumana Harriet Quint.
Para Quint el hábito de poner apodos o sobrenombres es uno de los rasgos culturales más peculiares del pueblo mexicano. Tan es así que, incluso, para muchas culturas dicha práctica suele ser totalmente desconocida.
Según esta investigadora, nuestra costumbre de poner apodos es una herencia de la tradición española, a la cual, sin embargo, los mexicanos le hemos dado un toque particular marcado no sólo por nuestra idiosincrasia, sino también por “el temperamento festivo de la gente que busca un motivo de risa todos los días”, asevera Quint.
Es por eso que para los mexicanos, sin importar la condición social, la edad, el grado de escolaridad, la cultura política, la ideología o el género, los apodos son parte de nuestra vida cotidiana y podríamos decir que de manera instintiva acudimos a ellos casi en forma permanente.Según la investigadora rumana, existen distintos tipos de apodos, por ejemplo, están aquellos que destacan una característica de la personalidad de un individuo, los que nombran una característica física, los que cuentan una anécdota chistosa, los hereditarios, los que designan a un colectivo o grupo de personas (los braceros, por ejemplo), los hay también que designan gentilicios y los hay clandestinos, como los que sirven para nombrar al superior jerárquico o a quien ejerce su poder sobre los demás.
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22 de octubre de 2008
En sus memorias íntimas, publicadas bajo el título de La estatua de sal (Conaculta, 1998), Salvador Novo destaca la certera y aguda capacidad del pianista Ricardo Alessio Robles para poner apodos crueles a sus amigos –todos ellos homosexuales- quienes además, comenta Novo, eran parte de “su mundo asombroso: reino increíble, disperso, nocturno, vergonzante o descarado que le temía y le soportaba”.
El propio pianista fue víctima de la mordacidad ajena, pues si para los alumnos que asistían a sus clases en el Conservatorio o aquellos que las recibían de manera particular en la sala de su casa, era el maestro Ricardo, para los íntimos que cruzaban por sus dominios, él era Clarita Vidal.
Con todo, de esa habilidad, Novo nos refiere una larga lista de sobrenombres creados por el pianista, entre los que vale la pena destacar los siguientes:
• Eva Tapia, conocido así por su sordera.
• La Cotorra con pujos, quien debía su apodo a los pasos torpes que daba.
• Emma Moreno, que lo era en exceso, afirma Novo.
• Anneta Gallo, dependiente de un negocio y cantante de ópera “frustrada”.
• Chucha Cojines, quien solía recibir a sus amistades únicamente por las noches para que su amante –en este caso Anneta Gallo- no fuera a encelarse.
• La India Bonita, también conocida como el Águila de Carrizo.
• La Tamales, “porque hacía sus conquistas invitando a los jovencitos a merendar unos tamalitos y una cerveza”.
• Sor Demonio, un cura que lucía en uno de sus labios la huella de una cuchillada.
• El Diablo en la Esquina, famoso por haberle dado mil pesos de oro a un torero “por una estocada personal”.
• La Susuki, personaje miope de rasgos japoneses.
• La Nalga que Aprieta, apodo del que ignoro su origen pues Novo nunca informa nada al respecto.
Y para finalizar:
• La Semillona y la Pitonisa, quienes eran “feas, pobres y escandalosas”.
A ese le dicen… Como se sabe un apodo tiene la intención de subrayar con agudeza algún defecto de la persona que es nombrada con él, pero también tiene la capacidad de evocarnos imágenes y, a la vez, ofrecernos un vasto universo de significados, como señala la investigadora rumana Harriet Quint.
Para Quint el hábito de poner apodos o sobrenombres es uno de los rasgos culturales más peculiares del pueblo mexicano. Tan es así que, incluso, para muchas culturas dicha práctica suele ser totalmente desconocida.
Según esta investigadora, nuestra costumbre de poner apodos es una herencia de la tradición española, a la cual, sin embargo, los mexicanos le hemos dado un toque particular marcado no sólo por nuestra idiosincrasia, sino también por “el temperamento festivo de la gente que busca un motivo de risa todos los días”, asevera Quint.
Es por eso que para los mexicanos, sin importar la condición social, la edad, el grado de escolaridad, la cultura política, la ideología o el género, los apodos son parte de nuestra vida cotidiana y podríamos decir que de manera instintiva acudimos a ellos casi en forma permanente.Según la investigadora rumana, existen distintos tipos de apodos, por ejemplo, están aquellos que destacan una característica de la personalidad de un individuo, los que nombran una característica física, los que cuentan una anécdota chistosa, los hereditarios, los que designan a un colectivo o grupo de personas (los braceros, por ejemplo), los hay también que designan gentilicios y los hay clandestinos, como los que sirven para nombrar al superior jerárquico o a quien ejerce su poder sobre los demás.
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21 de octubre de 2008
El discurso como práctica social
Todo discurso, en cuanto práctica social, es una toma de posición frente a la realidad de quien lo enuncia, ya sea desde una perspectiva política, ideológica, moral o ética.
Así pues, los pensamientos que expresamos no pueden ser sino la manifestación cierta de cuál es el sentido que le damos a las cosas, pero sobre todo de cuál es el orden que les conferimos. O como dijera el gran pensador paquistaní Abdul Qader Khan “en el mundo de las ideas hasta al más pelón le arrastra la trenza”.
Unos como saben, otros como pueden. Como se sabe, el debate público se remonta a la antigua Grecia y se relaciona con el origen del pensamiento clásico. Más o menos por esas fechas, es cuando se reconoce que el uso público de la razón está relacionado estrechamente con dos prácticas sociales que merecen atención: la tolerancia hacia las opiniones distintas (junto con la posibilidad de estar de acuerdo en no estar de acuerdo) y el fomento del debate público (junto con la confirmación del valor de aprender de otros). 
A ver si lavado tupe. El lector podrá dudar de lo que digo, pero le puedo asegurar que contrario a lo que señala el conocimiento vulgar, se han encontrado múltiples evidencias de que en el mundo antiguo la tradición del debate público, y más concretamente del uso público de la razón, era una práctica recurrente en las culturas orientales, tanto en la India como en Asia del este y sureste.
Por ejemplo, era común que los lunes, si no llovía, grupos de intelectuales budistas se reunieran a deliberar sobre asuntos seculares y religiosos. Ahí se discutía sin violencia y sin animosidad verbal. Y esto es lo que más llama la atención: el grado de civilidad que habían alcanzado, pues cuando no eran posibles los acuerdos, los involucrados ni se peleaban ni se andaban sacando los trapitos al sol en los periódico (a la mejor porque estos aún no existían).
Incluso, según consta en un montón de papeles viejos que fueron encontrados todos hechos bola en la famosa cueva de Ta'wabia, cuando estos pensadores debatían y se hallaban de pronto en un callejón sin salida, entonces despertaban al monje más anciano y éste, entre bostezos y quitándose las lagañas, preguntaba a los asistentes lo siguiente: “¿Kaif takool thalik bilarabia?”, que más o menos quería decir “¿Cómo ven, le seguimos de mañana en ocho?”.
Si la respuesta era positiva, la discusión continuaba el lunes siguiente. Si, por el contrario, decían que no, entonces cada quien se quedaba con sus propias ideas.
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